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sábado, 26 de mayo de 2012

Mi hija se quiere matar


Que debo hacer para que mi hija de 13 años se le quiten esos pensamientos, me dice que se quiere matar cuando discutimos
Lo que te dice tu hija es grave y señala unos impulsos agresivos que vive como intolerables y vuelve contra si misma. Lo más importante sería que pudieras escucharla, eso es lo que tienes que hacer. Intentar comprenderla y no discutir tanto con ella, respetar sus opiniones. Debes recordar como fue tu adolescencia y tener en cuenta que los 13 años es una edad muy complicada para una chica. Empieza a convertirse en una mujer pero todavía es una niña. Es normal que ella rivaliza contigo algo que luego la llenara de culpa, pero tú no debes hacerlo con ella. ¿Cómo media el padre en los momentos en que tenéis discusiones? Su posición es importante y debes pedirle ayuda. Una adolescente que dice que se quiere matar, aunque también lo haga para ver como reaccionas y hasta que punto te importa, esta sufriendo y siente hacia tu una agresión que la culpabiliza y vuelve contra si misma. Tienes que ser más comprensiva e intentar hablar con ella sobre todo escucharla. Se está convirtiendo en adulta aunque le faltan años todavía y necesita sentirte cerca.

Fuente  hoymujer.com


Protege a tus hijos del Grooming



UNICEF excluye incluso la necesidad de engaño y amplía en su definición de grooming a cualquier persona que intente contactar por Internet con un(a) menor con intenciones sexuales, aunque lo haga abiertamente. Estas intenciones suelen ser un encuentro sexual online, generalmente vía webcam, para obtener imágenes íntimas del niño, niña o adolescente que después comparte con otros. Solo en algunas ocasiones pretende llegar a un encuentro sexual físico, según explica UNICEF en su informe Seguridad infantil en Internet: retos y estrategias globales, presentado a finales de 2011.
El hecho de que solo en raras ocasiones se llegue a un encuentro físico con el acosador no evita que los efectos de estos abusos puedan ser devastadores.

¿Quién sufre grooming?

Para que nos hagamos una idea de la maginitud del problema, uno de cada 10 menores entre 12 y 16 años afirma haber recibido mensajes de carácter sexual por Internet, según la encuesta EU Kids online II, promovida por la Comisión Europea en su programa Safer Internet.
Por su parte, el informe del Centro de Investigación Innocenti de UNICEF asegura que hay más de 16.700 páginas web que muestran imágenes de abusos a niños, de los que el 73% son menores de diez años.

10 consejos para niños para evitar el grooming

Estos consejos son un buen punto de partida para que los niños y adolescentes no se expongan al ciberacoso de estos delincuentes.
  1. Rechaza los mensajes de tipo sexual o pornográfico. Exige respeto.
  2. No debes publicar fotos tuyas o de tus amigos/as en sitios públicos.
  3. Utiliza perfiles privados en las redes sociales.
  4. Cuando subas una foto en tu red social asegúrate de que no tiene un componente sexual. Piensa si estás dispuesto/a a que esa foto pueda llegar a verla todo el mundo y para siempre.
  5. No aceptes en tu red social a personas que no hayas visto físicamente y a las que no conozcas bien. Si tienes 200, 300 o 500 amigos estás aceptando a personas que realmente no son amigos ni familiares tuyos.
  6. Respeta tus propios derechos y los de tus amigos/as. Tienes derecho a la privacidad de tus datos personales y de tu imagen: no los publiques ni hagas públicos los de otros.
  7. Mantén tu equipo seguro: utiliza programas para proteger tu ordenador contra el software malintencionado.
  8. Utiliza contraseñas realmente privadas y complejas. No incluyas en tus nicks e identificativos datos como tu edad, etc.
  9. Si se ha producido una situación de acoso guarda todas las pruebas que puedas: conversaciones, mensajes, capturas de pantalla...
  10. Si se ha producido una situación de acoso NO cedas ante el chantaje. Ponlo en conocimiento de tus padres, pide ayuda al Centro de Seguridad en Internet para los menores: www.protegeles.com y/o denúncialo a la Policía o a la Guardia Civil.
Este decálogo ha sido elaborado por la Línea de Ayuda para menores “ Que no te la den”, gestionada por la asociación Protégeles y creada por el Centro de Seguridad en Internet para los menores adscrito al Safer Internet Program de la Comisión Europea.

Por: Belén Juan

 Fuente serpadres.es


El cerebro adolescente


Cambios de humor repentino, rebeldía, miedo a enfrentar la vida no es más cuestión de las hormonas "fuera de control" o de la mala educación recibida en los adolescentes. Una nueva investigación encontró que la verdadera causa de estos trastornos se origina en el cerebro, ya que durante tal época ocurren cambios importantes en su interior.
Gracias a las nuevas técnicas de imágenes computarizadas, los científicos han podido demostrar que los cerebros tardan mucho más en madurar de lo que se pensaba y por consiguiente, los cerebros adolescentes tardan en transformarse de cerebros infantiles a cerebros adultos.

El cerebro humano sólo llega a ser un órgano acabado cuando cumplimos 20 años de edad.
Al estar en el útero el ser humano desarrolla unas 8.000 neuronas cada segundo, para cuando nacemos contamos con todas las neuronas que necesitaremos en nuestra vida. A partir de entonces lo importante es establecer nuevas conexiones.
Cada una de los cientos de miles de millones de neuronas con las que nacemos producen en promedio 10.000 conexiones diferentes. Esto ocurre tan rápido que para cuando el niño cumple seis años ya está establecida la estructura básica de su cerebro.
Desde que nacemos hasta que llegamos a la pubertad el cerebro continúa creciendo, sin embargo sorprendentemente a partir de los 12 años en lugar de seguir haciendo nuevas conexiones comienza a perderlas.
Durante la adolescencia cada año perdemos cerca de 1% de la materia gris de nuestro cerebro para continuar con su reformación. Se dice que éste es un proceso similar al de un escultor que parte de un gran bloque de mármol para crear una estatua, poco a poco tiene que "pulir aquí y cortar allá" convirtiendo el bloque uniforme en algo bello.

Algo parecido ocurre en la adolescencia, etapa en la que el cerebro está siendo descargado puesto que todas sus conexiones innecesarias o inútiles son desechadas. Este proceso eventualmente hará al cerebro adolescente más rápido y más poderoso.
Por tanto los años de la adolescencia son críticos para el futuro desarrollo del individuo, puesto que las capacidades y hábitos que se adquieran en esta época probablemente persistirán.
Las imágenes computarizadas han mostrado además que la última región del cerebro que alcanza su total madurez es la corteza prefrontal. Esta región cerebral es la responsable de funciones como la planeación, la anticipación, el control de las propias emociones y el entendimiento de los demás, procesos que en esencia son lo que hace a una persona ser adulto.
Si el individuo no cuenta con una corteza prefrontal totalmente funcional tiende a ser insensible a los sentimientos de los demás, a tomar riesgos innecesarios y ser impulsivo porque carece de algunos de los mecanismos esenciales de "frenado" de conductas impulsivas; en los adolescentes su cerebro parece tener un "acelerador" cerebral siempre pisado a fondo.

Cuando un chico se arriesga a algo como a conducir un auto demasiado rápido el cerebro es recompensado con una descarga hormonal, una euforia natural mucho más fuerte en relación a lo que sentiría un adulto.
Los adolescentes tienen conexiones que los hacen temerarios y es que arriesgarse les ayuda a explorar el mundo, a tratar una variedad de cosas nuevas.
Gracias a las modernas imágenes computarizadas los investigadores han podido observar dentro del cerebro humano y en especial el desarrollo que tiene en un adolescente, obteniendo las respuestas al porque de su comportamiento.
Ahora se sabe que gran parte de su mala conducta podría deberse a un cableado inacabado dentro de su cabeza, lo que nos puede ayudar a ser más comprensivos.

Fuente: BBC Mundo.com.

Infancia La etapa de electricista

¿Ha llegado su hijo a la etapa de electricista o aún no? ¡Ah!... ¿no sabe cuál es esta etapa? Se lo cuento al momento; aunque estoy seguro de que usted ya intuye a que etapa del desarrollo infantil me refiero.

Es a partir de los 9 meses hasta el año de edad, cuando su hijo se inicia en las prácticas de electricidad. ¿Cómo? Acudiendo presto a ver el funcionamiento de los interruptores, los botones, los timbres y los enchufes de la casa (a estos últimos ya les había tomado interés cuando gateaba a los seis u ocho meses).

Esta curiosidad por las aplicaciones de la energía eléctrica, se consigue en el período del desarrollo motriz que permite al niño ponerse de pie con apoyo. Etapa que se alcanza aproximadamente a los 9 meses de edad. El niño se encarama pacientemente, apoyándose en la pared, hasta alcanzar, por ejemplo, los interruptores lumínicos. Y allí, ¡ale!, a darle a las teclas con sus ágiles deditos, mientras observa encandilado el centelleo de las lámparas de la habitación. ¡Todo un electricista en plena faena de comprobación de la red eléctrica de la vivienda!

Pero, para llegar a esta “etapa de electricista” que denomino, el niño habrá tenido que pasar antes por unos escalones previos en su desarrollo psicomotriz, que paso a explicarle a continuación.

A mis alumnos de psicología de la Universidad Abat Oliba CEU, de Barcelona, les cuento que tengan presente –a modo de chuleta mental- “la regla del tres” (que no tiene nada que ver con la popular prueba matemática). Esta “regla” la he diseñado para que memoricen la secuencia del desarrollo motriz del niño, desde que nace hasta que cumple el año de edad, señalando los cambios importantes que tienen lugar cada tres meses (de aquí lo de “regla del tres”). De tal manera, que a los 3 meses de edad, el bebé, puesto panza abajo, tiene que levantar y aguantar tiesa la cabeza, y arrastrase con la barriguita pegada al suelo. A los 6 meses, ya se aguanta sentado e inicia el gateo, apoyándose en sus extremidades y separado del suelo. Cuando llega a los 9 meses ya se mantiene de pie con apoyo (¡inicio de la “etapa de electricista”!). Culminando esta secuencia motriz con la deambulación, y esta posibilidad de echar a andar con más o menos soltura se consigue alrededor de los 12 mese.


Tiene que comer de todo 

 “¡No quiero, no quiero y no quiero!”, grita con fuerza, cerrando la boca y apretando los labios, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos. Es la típica escena del niño caprichoso que se niega a probar un nuevo alimento que le ofrecen sus amorosos padres o sus cuidadores habituales. Ha esto lo llamamos científicamente neofobia. Es decir, fobia a las novedades (fobia en griego significa: horror).

Aquí quiero advertirle que la mitad de los niños entre dos y diez años se niega en un primer momento a degustar alimentos nuevos. Y este rechazo es especialmente intenso entre los cuatro y los siete años. A partir de esta edad -y la experiencia así me lo ratifica- la mayoría de situaciones de neofobia remiten (1).

¿Cuáles son las causas de neofobias? La primera y fundamental es ceder a la primera negativa del chaval a probar lo que se ofrece. ¡Siempre hay que insistir, sin apabullarle! “Pruébalo, cariño, y ya verás si te gusta mucho o no demasiado”, es una sugerencia amable para que de el paso: porque en el fondo le ofrecemos que sea él quien decida si le gusta o no, pero, de entrada, ¡lo prueba! Otras causas de neofobia son la alimentación monótona del crío, tanto en variedad de alimentos, sabores, preparación y presentación de lo platos (como, por ejemplo, asociar siempre los macarrones al tomate, el pescado al rebozo, etc.). También puede haber un factor genético hereditario en familias de neofóbicos, o que el rechazo sea debido a la imitación del niño a las actitudes de desagrado de sus cuidadores.

Sobre esta última situación me gustaría insistir. Porque comer mal o caprichosamente es la peor lección que puede recibir un hijo. Mientras que, por el contrario, contribuir a que colaboren en la elaboración de los alimentos en la cocina, corresponsabilizar a los hijos en la preparación y recogida de la mesa, a compartir platos y gustos durante las comidas, es transmitirles el mensaje: lo que es bueno para mí, lo es también para ti.

Por último, sepa usted, querida madre lectora, que la edad de adquisición de las aversiones alimentarias es entre los seis y los doce años, siendo más frecuentes en niñas que en niños. Y el gran peligro de estas “aversiones” es que luego se continúan toda la vida… y es muy triste ver a un adulto haciendo ascos a las comidas.



Infancia: El niño que se mira al espejo 

 ¿Qué ve el bebé cuándo se ve en el espejo por primera vez? ¿Se pega un susto mayúsculo? ¿Se reconoce en el espejo?... Ni lo uno ni lo otro. Aunque la imagen que refleja el espejo es siempre motivo de regocijo para el bebé que la contempla… pero él cree que se trata de otro bebé, otra persona que está al otro lado del cristal. Tendrá que pasar un tiempo, todo un extraordinario proceso de maduración, para que se reconozca el mismo en la imagen especular.

El psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981) ha sido quien más ha estudiado este curioso fenómeno del reconocimiento en el espejo. Lo llamó el estadio del espejo (en francés Le stade du miroir), que abarca el período infantil entre los 6 y los 18 meses de edad.
Según Lacan en esta etapa es cuando el niño es capaz de percibirse, o más exactamente: percibir su imagen corporal completa. Antes, el bebé no había visto nunca su cara, por ejemplo, ni su cuerpo completo, sino sólo había contemplado parcialmente partes del mismo, como sus manos, sus pies, etc. Pero, además –según las investigaciones este importante psicoanalista- para que sea perfecta la identificación del niño, precisa de la ayuda del semejante, es decir, de la madre (o quien cumpla la función maternal, que puede ser el padre u otra persona), que es quien sostiene o acompaña al niño en la imagen del espejo. Vendría a ser algo así como que el niño, al compararse con la persona que le acompaña, puede así verse por separado y procesar su propia imagen. Todo lo cual, no es más que el desarrollo de la personalidad infantil: el inicio del incipiente Yo .
Pero, toda esta importante secuencia hasta llegar a reconocerse el niño como él mismo sólo se consolida entre los 12 y los 18 meses de edad. Anteriormente, el espejo, eso sí, le servía de distracción y de divertido juego intentando alcanzar “al otro niño” que le miraba curioso y sorprendido desde detrás del cristal. (Mis nietos –por ahora tengo seis, de cinco años para abajo- llaman a los personajes que se les reflejan en el espejo “los copiones”, porque les imitan todas las payasadas que hacen…).

Fuente hoymujer.com

Los estados de ánimo de la madre influenyen en los hijos


La influencia que los progenitores tienen en sus hijos es determinante, pero gran parte de ella ni siquiera sabemos cómo ha tenido lugar porque se organiza a partir de los deseos que van de los padres a los hijos y viceversa. Los estados de ánimo de la madre poseen, en un primer momento, gran importancia en la constitución psíquica del hijo. Sentirse feliz y al poco tiempo triste es habitual tras el parto. Reconocerlo y poner palabras al miedo y a lo que se siente es lo mejor que se puede hacer. El padre debe apoyarla y ayudarla para que pueda elaborar un proceso psíquico intenso.

En los primeros momentos, la madre puede tener miedo a no ser capaz de hacerse cargo del bebé. Esto se debe, de un lado, a la situación de fragilidad que siente y, de otro, a que sufre una regresión psíquica que le hace identificarse con el bebé y revivir en cierta medida la relación con su madre. Atraviesa, en fin, momentos de desestructuración que debilitan sus defensas, lo que se traduce en la necesidad de conquistar una nueva posición subjetiva, lo que con frecuencia provoca un estado depresivo. Por lo general, casi todas las madres se reponen de esos miedos según comprueban que se van haciendo cargo de la situación y elaboran su historia.

El advenimiento de estos estados depresivos se acepta como un fenómeno prácticamente universal en personas sanas. Pero cuando la depresión se mantiene en el tiempo y la mujer no la reconoce, se puede crear un ambiente psicológico que altera la salud de los hijos. Esta manifestación suele estar vinculada a la idea de no poder cumplir con algunas de las tareas que impone la nueva situación. Una de ellas consiste en formar y conservar una familia, algo que puede peligrar cuando el padre o la madre están deprimidos. En ocasiones la depresión del padre, o determinados rasgos neuróticos, dejan sola a la madre y esta no puede sostener su lugar materno. Winnicott, psicoanalista inglés con mucha experiencia en tratar a niños y escuchar a madres, cuenta a este respecto el caso de una madre que acudió a su consultorio con su hijo porque estaba preocupada por la perdida de peso del niño.

Autoestima dañada

Al especialista le resultó evidente que se trataba de una mujer deprimida, y comprendió que, por el momento, la preocupación por su hijo le proporcionaba cierto alivio, ya que la sacaba de sus preocupaciones habituales. A través del contacto con el pequeño, Winnicott descubrió que su enfermedad comenzó con uno de los habituales choques entre el padre y la madre. En realidad, el marido maltrataba a su esposa y se sentía feliz mientras ella padecía un estado depresivo crónico. Cuando ayudó al niño a comprender la situación familiar, este volvió a comer. Si bien lo que Winnicott recomendó a la madre fue una psicoterapia, pues ayudarla a ella repercutiría favorablemente en su hijo, porque así él no tendría que ejercer de bálsamo para que su madre pensara en otras cosas.

La madre deprimida tiene apagado su impulso vital y esto provoca en el niño una privación afectiva que tiene efectos en su salud, como rechazar la comida. Es como si el niño protestara porque, como no recibe la alimentación afectiva que necesita, tampoco quiere nutrir su cuerpo.

Una presencia materna desvitalizada, porque la madre esté inmersa en una depresión, altera, según Winnicott y André Green, la percepción de sí mismo que comienza a organizar el bebé. La depresión es una falta de deseo de vida. Las presiones internas que la madre sufre no le dejan suficiente libido para dirigirla a su bebé y este encuentra a una madre que no está sintonizada con él. Además el niño supone que lo que sucede es por su culpa y por ello vive esa falta de vitalidad como algo propio que él ha provocado. El bebé necesita fiarse de que siempre hay alguien que le va a servir de apoyo. Si el apoyo de la madre es inestable, el niño se somete a la exigencia ambiental más que a sus propias necesidades internas. La madre que no está deprimida reconoce y da respuesta a los impulsos del niño que, de esta manera, empieza a tener un verdadero "yo". Cuando falla en dar satisfacción al gesto del niño, este empieza a crearse un falso "yo" que se constituye teniendo en cuenta lo que los otros desean.

La madre presenta el mundo de los objetos y promueve en el bebé la capacidad de relacionarse con ellos. La elaboración de la presencia/ausencia de la madre es algo importante para el niño pequeño. Todos hemos visto la sonrisa de los bebés cuando juegan al cu cu-tras tras y vuelven a encontrar el rostro que había desaparecido. Para que pueda interiorizar a la madre y separarse de ella, primero ha tenido que tenerla. Si la representación se realiza sobre el fondo de una madre que está sin estar, el sujeto no podrá desarrollar la capacidad de estar a solas en presencia del otro. Su autoestima se verá dañada.

¿Qué podemos hacer?
  • Es un error suponer que por ser madres y padres lo debemos tener todo resuelto en relación a los hijos. También es una equivocación pensar que ellos, por ser niños, si tienen las cuestiones materiales resueltas, no sufren conflictos. 
  • Hay personas que intentan acallar la expresión de afectos depresivos asegurando que carecen de importancia. No conviene tapar la boca a quien lo pasa mal. La mejor ayuda es escuchar, comprender y confiar en que conseguirá resolverlo.
  • Una psicoterapia resuelve incógnitas, despeja la depresión, evita que se haga resistente y, sobre todo, alivia el sufrimiento y libera la energía psíquica, dejando tanto al niño como a la madre más libertad para sentirse a gusto consigo mismos.

Cómo ayudar a los hijos a emigrar 


La crisis económica ha promovido que muchos de nuestros jóvenes se planteen emigrar. La generación Y, formada por los nacidos entre 1882 y 1994, es la más afectada. Sobradamente preparados, con títulos, másteres e idiomas, ven sus escasas salidas laborales como una losa que no les deja crecer, de ahí que el 22% de ellos se plantee emigrar en busca de un empleo. Nosotros, como padres, recordamos las historias de nuestros abuelos, que allá entre los años 40 y 50 emigraron a otros países para mejorar su vida. Hoy, algo de la historia se repite, y ahora son nuestros jóvenes los que se van. Si nos encontramos en esta situación es fácil que nos preguntemos cómo podemos ayudarles para hacerles más llevadero el proyecto de su marcha. Lo primero sería entender cuál es el proceso psicológico que tienen que recorrer. Hay motivos externos y manifiestos para emigrar, como la falta de trabajo, pero también existen factores inconscientes, como un acto de rebeldía frente a una sociedad que no les da salida para afirmarse y una búsqueda para encontrar una identidad más firme.

La emigración es siempre una experiencia traumática, que necesita elaborar el duelo por la pérdida que supone dejar a la familia, las relaciones personales y el ambiente cultural en el que se vive, para acceder a un lugar nuevo donde todo está por construir. La elaboración de este duelo dependerá de cómo sea la personalidad del joven y, sobre todo, de cómo haya elaborado los duelos que haya tenido que realizar internamente para hacerse independiente de las figuras paternas. La emigración necesita un trabajo psíquico que algunos logran realizar y otros no. Durante este esfuerzo a veces aparecen actitudes regresivas expresadas pidiendo a los demás de que se hagan cargo de ellos, que los defiendan y los quieran. También se dan otro tipo de defensas que intentan evitar la depresión frente al duelo. Una de ellas es la desilusión del lugar de origen, al que se ataca para que cueste menos alejarse de él, y la idealización del lugar donde se emigra, del que se supone que va a dar todo lo que el país de origen niega y por ello la adaptación será fácil. La familia, para poder hacer frente a la crisis emocional que representa separarse de un ser querido, también se repliega un poco sobre sí misma en la búsqueda de una fusión que la defienda de la pérdida.

Lucha contra la soledad

El emigrante necesita restaurar en su interior todo lo que siente como una pérdida para que pueda volver a hacer suya la nueva situación vital a la que acaba de llegar, tanto en lo que se refiere a relaciones personales como al lugar y a la cultura a la que ha emigrado. En este sentido, conviene que antes de partir pueda contar con que su espacio, al menos en el lugar de origen, está preservado. Si sale de casa de los padres, que sepa que su lugar estará allí por si quiere volver. Esto alivia la angustia de sentirse olvidado, de "morir" en la mente de los otros.

Las nuevas tecnologías ayudan a aliviar la soledad que hay que soportar al principio de cualquier emigración. Resistirla es posible si el joven ha elaborado psicológicamente su mundo interno, ya que, al no tener referentes en el sitio al que va, sufre una sensación de vacío que solo puede llenar si ha interiorizado relaciones afectivas que le hacen llevarse bien consigo mismo y con los demás. Si, además de las condiciones personales, el ambiente al que llega es acogedor, el duelo será sencillo. La situación puede complicarse si las primeras separaciones de los padres no han sido bien elaboradas y le cuesta entablar relaciones personales.

Lucía está triste y alegre a la vez. Su hijo Mario ha decidido irse a trabajar a Alemania y le viene a la cabeza la frase de una novela: "Alguien tiene que hacer algo. No tengamos tanto miedo a vivir". La dice la protagonista de una biografía que leyó hace poco y que regaló a su madre, porque su abuela era amiga de la protagonista de la novela, que, como ella, también emigró cuando era pequeña. Se trata de la novela titulada 'Mamá' (ed. Debolsillo), de Jorge Fernández. Un texto deslumbrante que la conmovió cuando comprendió lo que la generación de sus abuelos había sufrido. Relata la historia de una campesina asturiana que en la época de la posguerra envía a su hija de 15 años a la Argentina de Perón. Quiere sacarla de la miseria y le promete que pronto la seguirá su familia. Pero algo falla y nadie va, y la chica se queda atrapada en un país hostil, donde crece, se casa y decide quedarse. Cuando sus hijos y nietos le dicen que quieren irse a vivir a España, huyendo de la depresión económica del 2001, todo vuelve a empezar para ella y entonces su depresión la conduce a un tratamiento. El relato narra la vida de una pequeña aldea asturiana, de mujeres que sobrevivieron a unas condiciones vitales muy duras y de gente enfrentada al dilema vital que se plantean cuando las cosas van mal y hay que decidir entre irse o quedarse donde están. Ahora son nuestros hijos los que plantean irse, piensa Lucía, y aunque sabe que no van a sufrir miserias como en la generación de su abuela, todavía no puede evitar sentir rabia contra las condiciones que empujan a nuestros hijos a marcharse. Sabe que Mario esta preparado, confía en él y cree que es la mejor ayuda que le puede dar, pero lucha para no ponerse triste y se esconde para que no la vea llorar.

LA MIRADA PSICOLÓGICA

La generación que nos perdemos. Con frecuencia se denomina a los jóvenes españoles de 25 a 30 años como la "generación perdida". ¿Pero perdida para quién? Sería conveniente que nos planteáramos quién pierde más, si ellos o un país que expulsa por falta de oportunidades a su generación más joven. Somos nosotros los que nos vamos a perder una generación de talento, después de darle una buena formación. Lo que producirán lo aprovecharán en otro país. Ellos van a dejar su potencial en otros lugares que se beneficiarán de lo que saben y de lo que son. Estos jóvenes emigrantes se enriquecerán con nuevas experiencias y contribuirán a mejorar el país en el que vivan. Algunos volverán, pero otros se quedarán para siempre allí. Quizá la crisis económica pase en unos años, pero ¿cuánto tiempo durará el daño que sufrirá España por quedarse sin gran parte de los jóvenes más preparados de una generación?

LA NOTICIA: Los jóvenes se van
  • Con una tasa de desempleo juvenil cercana al 50% algunos jóvenes han decidido irse de nuestro país. Se trata de personas entre los 25 y los 35 años, con curriculum cualificado y sin cargas familiares. Actualmente, sus destinos son Francia y Reino Unido, donde buscan fisioterapeutas y enfermeros y Alemania que solicita ingenieros. Países como Argentina también comienzan a ser considerados como un posible destino. 1.200 españoles emigran a Buenos Aires cada mes. 
  • En 2011, por primera vez en 10 años, salieron de España más personas (507.740) de las que entraron (417.523). El número de españoles en el extranjero se ha incrementado en más de 300.000 mil personas desde el comienzo de la crisis.

"¿Por qué mi hija no me acepta?" 


La relación madre/hija pasa por muchas fases y está llena de sentimientos encontrados. Es intensa, relajada y cómplice, pero también atraviesa por enfrentamientos y rechazos en los que ambas lo pasan mal, si bien, por lo general, vence el amor que sienten.

"Mi hija y yo nos llevamos cada día peor. Siempre se mete conmigo y no hace caso a nada", le confiesa Sonia a su amiga Clara. Sonia tiene una hija de 18 años y hasta hace poco casi todo entre ellas había ido bien. Pero de un tiempo a esta parte la joven la critica continuamente, le rebate sus opiniones y le echa la culpa de casi todo lo que le pasa. "En ocasiones no la soporto. Me pone de los nervios y luego me siento mal. Hago lo que puedo por aconsejarla, pero todo lo que digo le parece una tontería. El otro día tuvimos una discusión muy fuerte y a veces no sé si decirle lo mal que me hace sentir. Va de sobrada y cree que no entiendo las cosas que pasan a su edad. Es cierto que en ocasiones se pone razonable, pero son las menos", se desahoga Sonia.

Clara, por su parte, también tiene otra hija algo mayor, de 24 años. Su experiencia le hace contestar a su hija: "Con la mía también tuve problemas, pero comenzaron antes. Desde los 14 a los 17 fue un poco difícil. Después, cuando comenzó a estudiar lo que quería y se fue afianzando, volvimos a llevarnos muy bien”. Cuando sucedió esto, Clara también pensó en hablar con su hija adolescente y explicarle todo lo que le hacía sentir su enfrentamiento, pero no lo hizo porque recordó cómo había sido ella misma en su adolescencia. Clara también se lo hizo pasar mal a su madre, pero ella, lejos de dejarse avasallar, supo esperar a que aprendiera a quererla como era y así enseñó a su hija a quererse sin que le afectaran demasiado las críticas del otro. "Ella se defendía de las mías sin hacer demasiado caso a mis impertinencias. Sabía que se me pasaría cuando estuviera más segura de mí misma. Ahora yo hago lo mismo con mi hija, me llevo bien con ella, aunque siempre le he dejado claro que la madre soy yo", concluye Clara.

Lo primero que las madres piensan por la irritación que sienten debido a la actitud de sus hijas es en hablar con ellas sobre lo mal que se lo están haciendo pasar. Mary Vaillant, psicóloga francesa, opina que, si lo hacemos, habrá que encontrar las palabras adecuadas. Pero conviene más guardar silencio. Al igual que las hijas tienen derecho a sentir ráfagas de rabia contra sus madres, las madres deberían aprender a callarse y esperar a que el tiempo las acerque. Ambas tienen un lugar distinto y si la menor compite con la madre, rivaliza con ella y la critica en algunos momentos de su vida, su progenitora no debe hacerlo. Expresar a una adolescente el rechazo que se siente hacia ella es dejarla desamparada ante unas pulsiones que, por el momento, no puede dominar. Lejos de mostrar que nos hace demasiado efecto su actitud, habría que mostrarle aquello en lo que creemos que se equivoca, aceptando también que puede querer cuestiones diferentes a las que a nosotras esperábamos.

Al igual que el padre debe enfrentar la rivalidad del hijo, la madre tiene que saber que las críticas de su hija tienen que ver con la 'caída del pedestal' en el que la había colocado en su infancia. Guardan relación también con la dificultad de la adolescente para ser diferente a ella. Necesita crear una subjetividad propia y dejar de identificarse solo con su ella. Hay un largo recorrido desde la fusión primera del bebé con su madre a los enfrentamientos característicos de la adolescencia.

Relación ideal

La demanda infantil es muy fuerte, casi insaciable, la niña solo ve en su progenitora a un ser dispuesto siempre para ella. Poco a poco descubre que esa persona tiene deseos diferentes al de cuidarla. Esto le da rabia porque se siente dependiente y le hace descubrir que ella no lo es todo. La madre, pues, "decepciona" a la niña cuando esta comprueba que tiene otras necesidades. "Decepción" que también sufrirá respecto al padre más tarde, cuando tampoco le dé todo lo que ella pretende de él. Elaborar la saludable "decepción" que la madre produce pasa por aceptar la envidia que le teníamos al verla como poseedora de lo que para la menor solo es una promesa. Ella supo seducir al padre y es propietaria de una sexualidad y una identidad adulta que la niña no conoce aún de forma consciente, pero intuye. Muchas de las dificultades en la relación provienen de una idealización que la adolescente no sabe abandonar. Mientras la niña protesta por las debilidades de su progenitora es evidente que sigue insistiendo en que debería ser como a ella le gustaría. No aceptar la imposibilidad de ese deseo la mantiene atada a ella. Una manifestación externa de esa atadura es la crítica constante.

Pero, ¿qué es lo que irrita a las madres de hoy cuando perciben la falta de aceptación por parte de sus hijas? El psquiatra George E. Vaillant señala a este respecto que estas mujeres están viendo crecer a sus hijas en un mundo de libertades por el que ellas han peleado. Quizás esperan un poco de reconocimiento por haber conseguido esa libertad de la que ahora disfrutan. Se sienten heridas cuando sus hijas adultas continúan comportándose como niñas en lugar de sacarle partido a esa libertad. Las madres esperan que sus hijas obtengan mejores resultados que ellas. Cuando esto no se produce, se sienten decepcionadas, porque quizá las han idealizado, como en la infancia ellas mismas lo hicieron con su madre.


Las palabras, continente negro

Freud denominó de este modo al vínculo arcaico e inaccesible que une a la niña con la madre y que se caracteriza por un apego intenso que tiene consecuencias para la vida psíquica de la niña.
  • Esta dependencia convive con una gran hostilidad. El sometimiento provoca una rabia que empuja a escapar de él.
  • El "continente negro" designa lo femenino y está en el origen de los reproches y de la desarmonía mutua entre una madre e hija. Pone en evidencia la existencia de una imposibilidad sobre la base de una semejanza.
  • La dependencia profunda con la que venimos al mundo hace que nuestra madre quede interiorizada como un ser todopoderoso. La niña se siente como si “fuera una con su madre”. Aprender a discriminarse, a separarse, es la aventura de la identidad femenina. En esta aventura, serán fundamentales la mirada del padre y su papel de hombre.
Las claves
  • Cuanto más fuerte sea la dependencia que sufre la niña de su madre, más suele enfrentarse a ella. La joven tiene que afianzarse en su identidad y la adulta saber que es algo pasajero.
  • Si entre tu hija y tú hay un malestar que no se puede diluir, conviene formularse algunas preguntas:
  • No tolerar la crítica de una hija tiene relación con que no aguantamos nuestras carencias. ¿Es posible que nos igualemos a la menor y rivalicemos como ella lo está haciendo con nosotras?
  • Sentir que nuestra hija nos decepciona, ¿no es sentir que nuestra feminidad es decepcionante? ¿No es haberla idealizado y pedirle más de lo que puede?
  • Vivir algunos aspectos de la personalidad de nuestra hija con mucho rechazo, ¿no es rechazar en ella lo que no toleramos en nosotras mismas?

Fuente  hoymujer.com